Cuando veo la angustia de aquellos que no ven un mañana, que cada día que se levantan su futuro es más incierto; que movidos por el desaliento viven en decrescendo, cuyos días son como sinfonías que perecen, envueltas en el ruido de la desesperación; es entonces que doy gracias a Dios porque te tengo.
Como dos columnas del Templo del Rey Salomón nos erguimos ante la tempestad de este siglo; porque el Señor te dio la prudencia, la mesura y la humildad para aguantar nuestra Casa. Sobre tus hombros descansa mi sustento, mientras mis sueños fluyen tranquilos.
¿Qué he de temer si Dios me rodea con sus manos desde el Cielo y tú sustentas mi mundo entero?
¡Cuán afortunado soy cuando veo la desesperación apoderándose del mundo entero y yo gozo de la tranquilidad y la seguridad que construyes para mí!
miércoles, 11 de febrero de 2009
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